Valeria, de acá a la China

Por Mariana Gianella

Valeria Gamper (1) viajó dos días de ida, y dos días de vuelta, tomó un avión que en medio del cielo atravesó paralelos y meridianos. Miró por la ventanilla las nubes, durmió, caminó por el pasillo, pensó, repasó, volvió a dormir. Cruzar el mundo yendo a Asia es de las cosas más emocionantes que se pueden hacer; porque lleva mucho tiempo entender que se estará en la otra punta, que el día, que la noche, que China, que Kamchatka. El vino puede llevarte por caminos inesperados, este viaje es uno, y es digno de contar.

China es el otro lado del mundo no sólo por la distancia. Lo es porque todo el pensamiento oriental es muy distinto al nuestro, las conexiones, los códigos, cómo se hacen las cosas, como se mueven, cómo deciden. El país recibió a Valeria con un gran lema “everything can change” o “todo puede cambiar”. Y es que todo a medida que sucedía fue cambiando. China aún es una cultura en expansión. Milenaria así como es, con sus costumbres arraigadas a la raíz más ancestral, aun así sigue creciendo y modificándose. Ese caos desorganizado que supone expandirse y desarrollarse, no es ajeno a cómo se viven las cosas allí. 

El encuentro dividía en grupos a los 24 sommeliers invitados, cada uno representante de su país, en los que China puso el ojo. Cada grupo visitaba dos ciudades, cataba a ciegas 16 vinos locales y luego los 8 vinos ganadores serían descriptos por ellos mismos en las cenas de gala para 250 personas que se llevaban a cabo en esas ciudades. Al final todos confluían en Ningxia, la principal provincia productora de vino, donde un concurso llevado a cabo en equipos, elegía al Mejor Sommelier Joven del país. Allí los 24 sommeliers no sólo asistirían sino que participarían de las tareas de la jornada final. Este concurso no fue uno común. Los equipos se dividían funciones (decantado, carta, descripciones) y las llevaban adelante tratando de obtener el mejor puntaje para el colectivo, que de ir ganando iría pasando etapas hasta llegar a la cena final donde una comitiva de jueces simulaba entrar a un restaurante y todo el conjunto debía atenderlos. 

La experiencia es enriquecedora en muchos sentidos. China busca posicionar sus vinos en el mundo (hoy es el sexto productor con 11,4 millones de hectolitros) y la comparación con los suelos y climas argentinos llega más temprano que tarde. A pesar de sus raíces milenarias hace muy poco han empezado a producir esta bebida y el tiempo no es algo menor en ninguno de los aspectos del vino. Para producir bien hay que aprender a través de los años, conocer los suelos, los climas, las tecnologías y por sobre todas las cosas encontrar una identidad que te permita salir al mundo con un sello, una marca, una firma inigualable que todo el mundo identifique. China explora eso, por eso organiza este tipo de eventos comunicacionales donde un poco se conocen a sí mismos, un poco se dan a conocer y otro poco les dicen al mundo, “ojo, acá estamos… y vamos a crecer más”.  

China mira a Francia. Cuando se pusieron serios crearon un instituto y con el respaldo del Gobierno invirtieron pensando en el vino de Burdeos. Cepas francesas por todos lados y a aprender. Chateaux y barricas. Aprender es lo que queda. China mira a Francia y se parece a Mendoza. Con una extensa llanura que acompaña un cordón montañoso que protege de los fríos helados que vienen de Mongolia. Veranos cálidos e inviernos gélidos. Tan fríos  que a las plantas hay que enterrarlas para que no sufran. Irrigan por goteo gracias al río y una altura entre 1.100 y 1.300 metros sobre el nivel del mar. 

Valeria se toma un subte en una ciudad que no habla inglés. Mira unos dibujos en el mapa, unas letras que apenas se comprenden y entiende que está a tres estaciones. Decide ir sola, en una marea de extraños, en medio de otro continente, viajando y corrigiendo rumbos, aprende. Sólo se puede aprender soltando algo, y agarrando lo nuevo, para luego soltarlo nuevamente como en un sistema de lianas interminables que nos dejarán al final del bosque en el destino que nos hayamos atrevido a cruzar. Vencer los miedos del desapego, dejar la familia y lo cotidiano nunca es fácil, pero qué gratificante es cuando se vuelve con una mirada distinta, con un planeta en los ojos, con nuevos sabores en la piel. 

El viaje sirvió para conocer a China y su producción de vino, pero también para que sommeliers de todo el mundo se encontraran allí, se conocieran. Porque la sommellerie también es eso, unir. Llevar el mensaje de lugar en lugar. Contar lo propio y lo ajeno, hacer que el mundo que se desarticula tenga lazos, puentes por donde volver a unirse. “Me llevo un montón de amigos” dice ella, y se la nota cansada porque acaba de volver y el jet lag aún no la ha dejado. Pero con una satisfacción imborrable, la de una sommelier que logra atravesar la zona de confort y ver el mundo desde la otra esquina. Ver lo propio desde la otra esquina, porque ¿cómo se pueden armar puentes si no aprendemos a mirar desde el otro lado? ¿cómo aprender a llevar nuestro vino por el mundo, si no sabemos cómo el mundo es? El vino une, a las personas, a las culturas. El vino une, hecho así o asá, en copa o en vaso. El vino une de acá a la China. El vino une continentes y personas, idiomas y frases. Es como un lenguaje propio, que se habla al abrir una botella. ¿A qué persona en este planeta, no estarías diciéndole algo, con sólo poner una copa enfrente y servirle un hermoso Malbec? Salút! Te responderán automáticamente sus ojos. Salút!  y una sonrisa.


(1) Valeria Gamper- Concurso Mejor Sommelier de Américas 2018, Montrel, Canadá, 4to puesto. Concurso Mejor Sommelier de Argentina 2017.

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