Una aventura a los dos lados del Atlántico


En 2005, la familia Bonnie, propietaria del Château Malartic-Lagravière (Grand Cru Classé de Graves) y del Château Gazin Rocquencourt (en Pessac-Léognan) decidió descubrir nuevos horizontes vitivinícolas fuera de su Francia natal.

Así, junto a un grupo de socios también franceses, adquirió 130 hectáreas en el  Valle de Uco, al sur de Mendoza. Allí nació su bodega DiamAndes, una de las co-productoras de Clos de los Siete. 

El nombre de la bodega fue idea de Alfred-Alexandre Bonnie, patriarca de la familia, y surgió mientras disfrutaba de un asado en la laguna del Diamante, en cuyas aguas se refleja el volcán Maipo.

Además de Alfred-Alexandre, forman parte del negocio su esposa Michèle, su hijo Jean-Jacques junto a su esposa Séverine; y su hija Véronique  junto a su marido Bruno. En DiamAndes, la enología está a cargo de Ramiro Balliro, quien comenzó a trabajar en la bodega en el 2017. 

“Mi pasión por el vino no conoce fronteras. Por eso mismo, la idea de elaborar vinos en tierras de tan excelente calidad como las del Valle de Uco, me sedujo enseguida”, declara Alfred-Alexandre. “Estos vinos, opulentos y complejos, también se benefician de los intercambios enriquecedores entre nuestros equipos bordeleses y argentinos. Desarrollar junto con mis hijos la aventura de la bodega DiamAndes es un placer tan vivificante como apasionante”. 

La dinámica constante entre tradición e innovación es una de las claves en la bodega y también parte esencial del trabajo de la familia Bonnie. “La tradición se enfoca en cómo tratamos el suelo, la viña, la microbiología y el entorno”, señala Jean-Jacques. “La innovación contribuye a entender y percibir cómo funciona ese material viviente y cómo podemos ayudar en proporcionarle el entorno más favorable posible. Eso incluye cómo se procesa y se cría el vino, y cómo se cuida para que la microbiología esté ‘cómoda’”. 

De acuerdo a Jean-Jacques, el Valle de Uco delinea varias particularidades de suelo y clima que atrajeron fuertemente a la familia Bonnie. “En lo que es el clima -más allá del sol que predomina en ese terruño- la altitud y sus noches frescas favorecen el equilibrio y frescura”, explica. “En lo que es el suelo, y con las prácticas adaptadas, nos atrajo su capacidad a favorecer un enraizamiento profundo propio a una alimentación hídrica equilibrada”. 

De esta manera, los Bonnie lograron anclar a ambos lados del Atlántico proyectos que, más allá de sus diferencias, se unen en un espíritu puntual que Jean-Jacques resume con certeza: “un sentido profundo del lugar y del largo plazo”. 

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