Gin, siempre gin

Por Natalia Torres

Aunque se lo asocia fuertemente con Inglaterra (y con razón), las raíces del gin no están ahí sino en Holanda. Fue en ese país, aproximadamente en el siglo XVII, cuando comenzó a elaborarse su antepasada, la genever, una re-destilación de vino de malta a la que se le agregaban botánicos como anís, coriandro y principalmente enebro, que se convirtió en el sello ineludible del sabor del gin: hoy ninguna bebida puede llamarse así si no lo tiene entre sus ingredientes.

Pronto, los ingleses tomaron la costumbre, supuestamente a través de los soldados que la trajeron al país luego de la Guerra de los Ocho Años. Su popularidad en Inglaterra llevó a que el gobierno permitiera su libre elaboración sin licencia, lo que derivó en un boom en su consumo, en la aparición de versiones de pésima calidad, y en el enojo de los conservadores que veían en el gin la perdición de la sociedad. A mediados del siglo XVII, nuevas regulaciones encaminaron el mercado y le dieron mejor calidad a la producción.

En aquel entonces, el gin se elaboraba en alambiques de cobre, pero la invención de la columna de destilación en el siglo XIX hizo más rápida y fácil la destilación de alcoholes neutros. Eso marcó el lanzamiento del estilo London Dry, el cual -luego de algunas evoluciones- es el más difundido actualmente.

El gin es una espirituosa de elaboración relativamente simple. Aunque por supuesto existen variantes, generalmente el punto de partida es alcohol destilado de cereal, incoloro y neutro, que se infusiona con enebro y botánicos a elección del fabricante. Una vez que liberan sus componentes aromáticos al alcohol, llega el momento de la re-destilación.

Esta manufactura libre de grandes complicaciones y su enorme versatilidad coctelera se combinan para darle estatus en las barras de todo el mundo, además de una gran difusión en Argentina en años recientes. Aquí, impactó una primera ola de marcas pioneras como Apóstoles, Buenos Aires Gin, Sur y Heráclito.

Luego, nuevas etiquetas se fueron sumando ampliando la producción a distintos puntos del país e incorporando sus particularidades botánicas: vale mencionar, por ejemplo, Heredero y su toque de mandarinas del Litoral, el gin marplatense Kalmar o el patagónico de flores Gina.

Paralelamente, varias bodegas y enólogos decidieron también sumarse al juego del gin: Terrier, Argentina Wild Gin y Kunuk 5973 son algunas de las marcas elaboradas por bodegas y enólogos argentinos.

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