Atamisque, la pequeña Francia

 “Que me tenga cuidado el amor, que le puedo cantar su canción”

Silvio Rodríguez


Ya sabemos que nada permanece quieto. Jugamos a que sí pero las cosas aman mutar, darse vuelta y cambiar de forma, de color, ser otras justo en el momento en el creemos que son permanentes.  Así ha cambiado nuestra vida, de un segundo a otro, de una libertad aparente, de un viaje a la vuelta de la esquina, al confinamiento y la distancia social necesaria para que algo que finalmente no vemos,  no termine arrasando con toda  la humanidad.  Me puse a pensar en mis últimos viajes a Mendoza, donde agarrar el auto por la ruta 40 y visitar bodegas para que me cuenten su historia, era uno de los lujos más hermosos que me daba. Por eso recordé esta visita en especial, que es una especie de oasis mental que estaba necesitando, y que espero lo sea para ustedes también.

Frené el auto en la entrada, repleta de hojas, árboles y vegetación, un paisaje digno de Monet, un poco atípico para Mendoza, que ya sabemos que es un oasis pero que también es un desierto. Atamisque está en la entrada de Valle de Uco, es la primera bodega, a unos cincuenta minutos de la ciudad. Un lugar muy cómodo para el turismo que la conoce por ir los domingos al restaurante que está sobre la ruta, a comer las truchas de criadero y a recorrer la finca, a pie o a caballo. La zona se llama San José, y queda 10km antes de Tupungato, quizás poco desarrollada como Indicación Geográfica, pero con esa pendiente única que sube hasta Gualtallary y le da un perfil fresco y muchísima heterogeneidad al suelo.

Jean-Edouard de Rochebouet se sube al auto, me dice que maneje derecho que antes que baje el sol deberíamos estar recorriendo toda la finca. Pienso que está exagerando, pero el tiempo va a darle la razón.  Atamisque es como un secreto a voces, uno que cada vez que te cuentan se recibe como la primera vez. Es de esas bodegas que adentro te dan la impresión de estar en un mundo paralelo, un submundo olvidado que no alcanzó a atacar ni el smog, ni las toxinas. Un mundo que mantiene reglas propias y que contiene lo necesario para vivir, lago propio y mirador en la montaña incluido.

El predio hoy tiene 700ha. En 2006, Jean- Edouard convenció a John Du Monceau, un inversor francés,  que debían iniciar allí una nueva línea de vinos como parte de su retiro. La finca que por aquel entonces pertenecía a una familia italiana, contaba tan sólo con 40ha de viñedos y el resto eran manzana, peras, duraznos y nogales. Y el criadero de truchas, claro.

El desafío para un francés de crear algo desde cero no es menor. Jean- Edouard pasó su infancia y estudió en París. Oriundo de Anjou,  un pueblo al oeste de Francia, donde había mucho Cabernet Franc.

“Vine a la Argentina a trabajar para Chandon cuando era muy joven, hice carrera allí durante 15 años llegando a ser Gerente General de bodega hasta el año ´96. Luego creé Cave Extreme, mi propia línea de espumante, que hoy se llaman como mi nombre “Rochebouet”, y los hace Phillipe Carraguel. Es una empresa muy pequeña.  Y en 2006 comencé  a desarrollar Atamisque del cual hoy soy Director General. Mi formación fue en los negocios pero siempre me dediqué al vino, de chico tomaba… y después seguí tomando (risas). Tuve la suerte de conocer a John, y poder emprender Atamisque. Es una linda historia porque arrancar de cero un proyecto de vino es difícil, es el sueño de mucha gente pero es muy difícil de llevar a cabo. Y la verdad que después de 13 años de lucha, estamos contentos”.

Jean-Edouard convocó para Atamisque a Phillipe Carraguel, el hijo de Paul Carraguel, un enólogo de Chandon muy prestigioso, y muy conocido en Mendoza. Humildad y talento fueron las palabras que los describe.

“Tuvimos mucho coraje porque no había nada. Crear los vinos, la marca, el posicionamiento. Al principio nacimos exportando, hoy será el 70%, y estamos en 35 países, con EEUU y China como principales compradores.  Mi concepto es llevar las mismas etiquetas en todo el mundo, eso no es tan común, y casi al mismo precio.  El mismo vino que tomas acá, lo tomas en China o en Inglaterra”.

Ese pequeño detalle es parte de su marca, y no es tan pequeño, sino más bien  el eslabón fundamental de una concepción europea que busca nobleza, sustentabilidad y raíz en todo lo que emprende. “Es muy difícil por una cuestión de impuestos, pero es una visión comercial que me fue dando la experiencia y que quiero sostener”.

El viñedo original hoy tiene 25 años de Merlot, Chardonnay y Pinot Noir. Mientras construyeron la bodega plantaron Malbec, Cabernet Franc y Sauvignon Blanc llevando la extensión a 125ha. “Tierra muy rocosa”, dice y le brillan los ojos como buen francés. “Solo la piedra transmite el alma de la tierra”, reza la frase de Atamisque, y es que en lo perenne siempre se encuentra la historia, los rastros que nos permiten vernos y viajar en el tiempo, donde se apoya lo cambiante, lo frágil, lo que es capaz de mutar.

Una leve pendiente nos va subiendo por los 1300 msnm.  Mientras manejo veo a mi alrededor árboles de manzana, peras, duraznos, cerezos, nogales. Suenan pájaros y perros, hojarasca que se rompe en el piso. Todo arma un silencio ruidoso, me voy quedando absorta, Monet quedaría mudo ante semejante lugar.

“Estamos bordeando el parque, ahí está la casa de John” me dice, porque ellos viven dentro de la Finca con sus familias y hasta tienen una cancha de golf, que los amantes del enoturismo pueden disfrutar si se quedan en los lodge delicadamente armados para pasar la noche. Pero más allá de lo aparente, este oasis de muchas hectáreas que se recorre a pie o en auto, cuenta mucho de una idiosincrasia que me recuerda a la historia con la que nuestros bisabuelos habían venido a la Argentina. Como si ese espíritu europeo pudiera ser incrustado en un rincón mendocino y Francia pudiera observarse a sí misma a través de nosotros.

“No vas a ver tanta cantidad de árboles en ninguna otra bodega, es muy raro aquí, podría ser cualquier parte de Francia y no un desierto.”

A partir de un punto no hay más viñedos, se acaban los cerezos y los nogales, comienza un camino redondo hacia un mirador que me va a permitir ver casi toda Mendoza desde la altura. Me quedo en silencio viendo eso y el gran espejo de agua que hay adentro de la finca, el oasis dentro del oasis. Pienso en todos esos álamos que dentro de poco estarán vestidos de amarillo, atravesando el otoño y peleándole un puesto al sol.   

“Hay mucho para hacer, eso es un tema lindo de Argentina. Yo como Francés conozco mucho desde siempre el tema del terroir, una palabra francesa intraducible que expresa la naturaleza, el conjunto de la tierra, la mano de obra, el sol, el agua, el cultivo. Muchas bodegas lo están trabajando, pero esa es la clave. Vamos a mejorar los vinos cuando sepamos más acerca del terroir donde estamos. Y es obvio que va a haber diferencias, no todo es uniforme. Nosotros mismos tenemos parcelas muy distintas. Lo estamos analizando, pero eso requiere mucho tiempo, esfuerzo y dinero”.

El portfolio de vinos es grande. Jean-Edouard hizo un inventario de los árboles del parque y los llevó a las etiquetas. De allí surgió Catalpa que crece en la finca y que casualmente lleva el mismo nombre en todos los idiomas del mundo.

“El sentido ecológico nos llevó a poner en las etiquetas los árboles que tenemos acá. Luego de Catalpa que nació como vino Premium, lanzamos Atamisque, que es un árbol autóctono de la cordillera. Se transformó en nuestro nombre y apellido y en nuestra línea súper Premium. Por 2010 lanzamos Serbal, que es un árbol que crece en la zona de montaña”.

Serbal es una línea más económica de vinos jóvenes sin barrica, pero con la que también se permiten experimentar, con ella lanzaron un Pinot Noir, un Cabernet Franc, y un asamblage.  Todas las etiquetas han sido diseñadas por Ana Argerich, una artista muy reconocida de Mendoza y son diseños dibujados a mano.

Atravesamos un bosque de castaños plantado hace unos 80 años. “Parece Normandía”, dice él con cierta nostalgia en la voz. El viaje va terminando, el sol baja y el frío comienza a despegar el último naranja que se pega a los árboles. Una lucha que se da siempre al caer la noche y que convertirá a la cálida tarde en los seis fríos grados de la cena. 


Aún estábamos en Abril. Y aún la gente salía de sus casas cuando quería.

Clima de montaña, de mañanas abrigadas y tardes de remera, cosechas tardías y frescura en los vinos. A veces el cabernet viene con nieve. 

Una petit France. Un pedacito de tierra, un lugar en el mundo. Es todo lo que necesitamos los que habitamos este universo. Eso y cantar la canción de lo que amamos. Ya no somos los mismos, el vino nos cambia siempre, nos permite sobrevivir a la barbarie, a la sequía de ideas y proyectos. Somos soldaditos combatiendo la terrible bacteria de lo opaco, lo automático, lo que no revela nada. En cada mirada que mira el mundo, hay una responsabilidad, un dique que rebalsa e inunda. La responsabilidad en una realidad que se vuelve gris o autómata, será siempre la de hacer pozos, volcanes, aljibes por donde se pueda caer un universo y emerger otro. Por donde la luz pueda salir hasta el infinito bañándolo todo, cubriéndolo todo de la posibilidad de lo nuevo, lo cambiante, lo lleno de color.

Por Mariana Gianella

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