Las raíces de El Peral

Por Florencia Rampoldi 

Mientras escribo, estoy tomando vino de El Peral. Y viajo, vuelvo a viajar a ese lugar, en Tupungato, cruzado por el Anchayuyo y las vertientes del Chupasangral, entre Gualtallary al sur y La Carrera al norte, dentro del desierto que es Valle de Uco.

Es domingo y salimos puntuales desde Tunuyán, rumbo norte por la 40, para desviarnos en la ruta 88, hasta llegar a Tupungato y seguir hacia el oeste con la Cordillera Frontal de fondo, para finalmente tomar la calle Real.

Queremos respirar El Peral, donde se empezó a gestar, a principios del siglo XX, el desarrollo de la zona, en manos de inmigrantes italianos que traían semillas de maíz, de vid y de olivos. Lo esencial para vivir.

El distrito se divide en tres zonas, una más baja a 1200 msnm, donde se encuentran la mayoría de los viñedos, al pie de la Sierra del Peral. Un sector medio a 1200-1400 msnm, con riego de agua de pozo, en su mayoría; y un sector alto a más de 1400 msnm, donde existe un único proyecto y es una de las zonas más frías del valle, con alto riesgo de heladas.

Nosotras vamos a la zona baja. Se llama El Peral porque antiguamente fue lugar de frutales con pepita, que hoy casi no existen, en las 500 hectáreas que conforman el distrito, donde unos 60 productores pequeños, de unas 10 hectáreas promedio, utilizan prácticas orgánicas naturales para conducir sus viñedos.

Si Valle de Uco cuenta con 28.500 hectáreas (INV, informe 2018), 10.100 corresponden al departamento de Tupungato, donde hay una gran mayoría de malbec –unas 4300 ha., 1185 de chardonnay, 880 de bonarda, 640 de merlot y 585 hectáreas de pinot noir, entre otras.

Es un oasis, con muchas vertientes de agua. Se dice que el arroyo Anchayuyo, es el que rige la vida de los tupungatinos, según su crecida, e irriga por acequias a muchos viñedos de la zona. Nace del Cerro del Plata, en el ingreso a la ciudad, y todos los arroyos desde el abanico de El Peral hasta el norte de la Carrera, confluyen en el.

Domingo de sol, para conocer la magia de éste lugar especial, y pocas cosas más lindas, descubrir un proyecto que se hace realidad. Pablo y Amparo nos esperan a la sombra de su bodega en construcción, con su hija Nina de pocos meses y una mesa con cuatro copas. Privilegios de nuestra profesión. Sentir el entusiasmo de algo que se gesta, de un proyecto que fue creciendo con honestidad y simpleza.

La felicidad en una mesa, en un domingo de resurrección, de fiesta callada y alegría tranquila. El vino tiene mucho de humanidad y nada de perfección. Es el paisaje de un lugar con su gente.

Y vamos probando, disfrutando, descubriendo la pureza de éste lugar reflejado en sus vinos. Poca intervención, y la idea firme de llevar adelante un proyecto sustentable en sus tres pilares: economía, medio ambiente y responsabilidad social.

Compran uva a pequeños productores de la zona, que utilizan prácticas naturales en sus viñedos, como aplicar sulfato de cobre y azufre. Usan packaging amigable con el medio ambiente, reciclan, y tienen control del consumo energético, son responsables y conscientes del uso del agua. En bodega la menor intervención posible, para preservar pureza e identidad del lugar. Dar trabajo y aportar en su comunidad de Tupungato, en escuelas y comedores. La misión es cuidar el lugar donde nacieron y vivir el ser comunidad.

A un kilómetro y medio al sur, está La Milonguita, donde nos esperan Matías y Belén, de Gen del Alma. Llegar a la bodega por un camino que fue un lecho de río nos va preparando a volver el tiempo atrás. Construida en el década del 50, la primera imagen al llegar es de dos viñateros prensando a mano, haciendo su vino casero blanco descobajado de malvasía, plantado en parral. Milagroso, como si el tiempo se hubiera detenido.

Probamos vinos despojados de sobre madurez y de exceso de madera, deliciosos, ágiles, frescos.

Miro hacia el viñedo pegado a la bodega, no es plano, hay en la zona pequeñas laderas, y mucha agua, con lo cual hay quintas llenas de tomate, árboles, y menos calor que en otras zonas de Uco.

En el sector bajo, los suelos son aluvionales, profundos de textura fina, francos a franco limosos con canto rodado en superficie, con presencia de carbonato de calcio activo. Esto significa que reacciona en contacto con el dióxido de carbono del aire y con compuestos orgánico del suelo. Resumiendo, son suelos más alcalinos: cuando el ph es mayor a 6, los nutrientes importantes para la planta se encuentran disponibles. Y a la vez ricos en calcio que ayuda a mantener la acidez natural de las uvas y engrosa la piel lo que se traduce en mayor sanidad. Sabemos que no sólo es importante la piedra, sino lo que rodea a ella. Me hace recordar el texto “Viaje al sistema de la arcilla, la cal y la piedra” que Paz Levinson escribió para la revista El Conocedor en 2012.

Patrimonio invaluable, los viñedos de semillón de 130 años en Finca Manoni, plantados en secano en 1890, totalmente naturales, y donde Andrea Muffato, Manuel y Gerardo Michelini hacen su Certezas. O los viñedos de don Víctor Hugo Tejera, herencia de Héctor Meli, italiano de Parma, que llegó a principios de siglo pasado, a cultivar la tierra, como también las vides de malbec plantadas por Victorio Coletto en 1962, donde Trapiche crea su Terroir Series. La finca de Caiño González, le vende la uva a Germán Masera, para su Livverá Cabernet Sauvignon, de parral, y Susana Balbo hace su Nosotros, con malbec, syrah y cabernet franc de la zona. También Giuseppe Franceschini sus Piedra Líquida.

Seguimos descubriendo la agilidad del malbec, la precisión y equilibrio del merlot, la complejidad del corte de semillón y chardonnay de éste lugar. En un año muy particular, donde la cosecha se adelantó en Uco, un promedio de 20 días.  Serán vinos con muy buena acidez natural, más alcohol y buena madurez de taninos. Blancos más tropicales y tintos más frutales que florales.

Quizás lo mágico y especial del vino sea su capacidad de transportarnos a un lugar. Que desde Buenos Aires, transitando un momento donde el mundo se frena, pueda con una copa viajar a El Peral, a una mesa bajo la sombra, un domingo de sol y un vino que canta Libertad.

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