Tan Lejos, tan cerca

Por Mariana Gianella 

Vivos de Instagram, Zoom, Hangout, Meet, Jitsi Meet, Google Classroom, video llamadas, Facebook, Twitter, Whatsapp. Tal y como parece, esos son nuestros nuevos lugares de encuentro, nuestras oficinas, bares, pasillos, escuelas y aulas. Todo lo que entendíamos por estar juntos se trastoca, nuevos idiomas, nuevas formas de expresarse, de escuchar. Nuevas formas del amor, nueva definición del recorrido. Todo se está remodelando, va encontrando su lenguaje, decubre cosas posibles, y revela, duramente, lo que ya no lo es. 

Así estamos, flotando en un mundo de internet, descubriendo un suelo que no se parece al anterior, pero las ganas siempre encuentran un tiempo y una forma, un espacio, una galaxia donde orbitar. Y como son las ganas las que generan las verdaderas distancias, más que los kilómetros y las paredes, los sommeliers también hemos encontrado lugares virtuales donde seguir brindando, donde vernos e intuirnos, donde poder continuar aprendiendo y darnos abrazos de aliento para los que la están pasando mal. 

En las últimas semanas tuve la oportunidad de participar de las #MasterclAAS que la Asociación está ofreciendo a sus socios. Al principio me senté sin tanta expectativa, pero a medida que las fui viviendo me fui transportando a distintas partes del mundo, sumergiéndome  en distintos relatos que me permitieron hacer justo lo que hoy nadie puede hacer: viajar. 

Aprender no debería ser una carga pesada sino más bien una vivencia.  Aquellas puertas que permenecen cerradas en nosotros, y que el conocimiento abre hasta generar patios, praderas, países, sabores, colores, universos enteros en nuestro ser. Entonces desde la comodidad de las paredes que conozco, se abrió lentamente un paseo por San Juan, por el Valle de Calingasta, y unos días después me fui a Francia a visitar a Krug para luego hacer una escala en Ribera del Duero y Patagonia, antes claro, de visitar Alemania. 

En San Juan me esperaban Pancho Bugallo y Paz Levinson, me llevaron a conocer el Valle de Calingasta, la segunda región más importante para los vinos de la provincia. Paz cuenta que es un proyecto que dialoga en sintonía con el resto del mundo, porque propone sustentabilidad, pero también es un equilibrio entre lo ancestral con una perspectiva diferente. “Es una revalorización de todo lo que pasa a nivel local, es bastante único en Argentina y se trata de recibir un patrimonio. Cara Sur en el mundo es una referencia de vino natural, de vino de baja intervención. Sobre todo en España”.

Pancho nos muestra su proyecto querido. Lo caminamos en fotos, lo veo, me emociona. El Valle se encuentra entre cordilleras y tiene una diversidad de suelo abundante. Empezaron allí en 2009 con la idea de una viticultura a pequeña escala. Calingasta es un pueblo que vive en comunión con sus proyectos. Como están muy aislados, no existen los asesores, es la gente la que hace la diferencia y tienen un atributo muy marcado que les da una riqueza cultural. Su historia vitivinícola es muy rica, los miro, camino las viñas, respiro el aire fresco del valle que se impregna en los vinos. 

Un invierno gris de montaña blanca. Un verano caliente y de insolación. Las personas del Valle llevan ese carácter en la sangre, el entorno les imprime una dinámica de días cortos e intensidad. 

En este oasis artificial, no hay vertiente. Se toma el agua al inicio del río y se canaliza a las cinco mil hectáreas que entre forestales, alfalfa y frutales, forman la identidad de estas tierras. El agua con su carga mineral los fertiliza, y gracias a la sanidad que trae el clima no hay plagas, la intervención es casi nula. Solo resta ver y decodificar.  

A Pancho le gusta decir que es agricultor más que viticultor, le parece más interesante. Intenta entender todo el sistema agrícola y no sólo el monocultivo de la vid. “Todos los viñedos viejos estaban metidos dentro de chacras, con frutales, hortalizas y madera. El “viñador” enriquece la mirada y da herramientas de sustentabilidad”. 

La viña vieja no es interesante solo por ser vieja sino por dónde está parada, hace tanto tiempo, ¿mirando qué? ¿Relacionada con quién? Viñas viejas de Torrontés, Moscatel de Alejandría, Cereza, Malvasía, Criolla blanca, Moscatel negro. Hay también mucho Malbec, entre otras. Menos rendimiento y más calidad, cuando el entorno termina siendo más protagonista que el suelo, no es porque el suelo no sea importante, es porque el vino es mucho más que el lugar donde está situado, es el tiempo que lo atraviesa, son las manos que lo elaboran, es la historia que se hereda, el vino es siempre una relación. 

Me estoy yendo del Valle, el viaje fue inspirador, me llevo en la valija fotos y anécdotas de un pueblo laborioso al que el esfuerzo le da el fruto de la identidad. Ellos representan una gran parte del patrimonio vitivinícola de San Juan, pero no es un patrimonio que se cuente en botellas, sino en gente involucrada, en saberes escritos en la piel, libros que se guardan en la sangre. Ser parte de un contexto implica una capacidad muy grande de escucha; y escuchar es ser parte de algo, por fuera de nosotros mismos. Ellos son un pueblo de arrieros, con frutas, animales y huertas, el vino que se busca allí nace de familias y personas, del respeto al individuo y de la vid, a través de los años en el mismo entorno. Con las mismas manos, con los mismos ojos. Todos tienen su singularidad, y eso no los aleja, sino que los hace únicos. Como a los vinos. 

Luego de ese viaje, como ya les conté, fui a Francia y a España, recorrí Alemania y conocí al mejor sommelier del mundo. Me maravillé con las historias de Krug y se me hizo de noche tomando un Jerez en Ribera del Duero y Patagonia, a la vez. Pero eso no entra en esta historia, quedará pendiente para la próxima. Los viajes, como todo, comienzan y terminan. Espero verlos en las próximas charlas, pasaporte en mano, cuaderno y cámara de fotos. Ah, y por favor, no olviden el protector solar. 

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