Susana Balbo, y la osadía

Por Mariana Gianella

“Es irónico, para pescar cangrejos sólo se necesitan dos de ellos, un balde y ninguna tapa. En el momento en que el primer cangrejo trepe para escapar, el segundo querrá agarrarse, y los dos caerán hacia abajo, una y otra vez”. 

Para contar un logro supongo que hacen falta algo así como cien fracasos, y es que la vida de la imagen nos ha llevado a mirar solo la cara del éxito de la moneda, descuidando el desopilante edificio que hay detrás de cada buen resultado. Ser enóloga y tener espíritu emprendedor hizo que en el año 99, Susana, retomara la idea de crear una bodega: “Decidí ser dueña de mis propias decisiones, de mis propios aciertos y errores. Te equivocás mucho, pero también acertás, algo que siendo consultora no podés hacer. La decisión de tener una bodega propia no nació hace 20 años, nació mucho antes.  A principio de la década de los noventa tuve mi primer emprendimiento, lo focalicé en el mercado interno y fracasé, me fue muy mal”.  

Siempre habla de sus orígenes, es consciente de que las cosas no se hacen solas, y cuando le pregunto cómo es abrirse paso siendo mujer en este medio me responde con habilidad: “Los tomás desprevenidos. Igual siempre se cumple lo que un mentor mío me dijo una vez: Es muy importante que mantengas el perfil bajo en los momentos que estés creciendo, entre los empresarios de tu país, siempre se cumple la teoría del cangrejo*. Fue uno de los mejores consejos que recibí en mi vida. Ir con perfil bajo en todos estos años, sin la exposición que tienen muchos enólogos, me permitió trabajar con mucha libertad e ir obteniendo resultados sin llamar demasiado la atención.”

Es difícil dimensionar lo que generan las cosas que sostenemos. Vamos día a día poniendo fuerza en lo pequeño pero la foto grande se revela indefectiblemente más adelante. Sólo con el paso del tiempo podemos mirar atrás y darnos cuenta. Por eso, los detalles se vuelven imprescindibles, es ahí donde apoya sus caderas la historia. El sentido de la inmensidad no es más que una secuencia disparatada de nimiedades puestas unas al lado de la otra. 

“¿Qué le diría yo a una mujer que se quiere dedicar al vino? Fundamentalmente que no tenga miedo. El miedo puede actuar de dos maneras en una persona, en mi caso fue un motor, el no poder sostener a mi familia o no llegar a fin de mes, actuaba como un motor para seguir adelante. Pero si el miedo te paraliza y te hace pensar demasiado y querés tener todo controlado, directamente no vas a hacer nada, te vas a quedar siempre en el pensar y en el querer tener mucho control. Hay que soltar, cuando querés tener mucho control las oportunidades ya pasaron”. 


Una empresa, un país.

Marcada por la historia de vida, con orígenes de esfuerzo y ascenso social,  la empresa trabaja con una filosofía que honre el mismo modelo y que tome a los recursos humanos como los recursos más importantes adentro de la Bodega. 

 “Toda mi gente es mi familia. Me apoyo mucho en todos ellos y ellos se apoyan en mí, saben que cuentan conmigo”. 

En una empresa está siempre la idea de un país, en las pequeñas decisiones está la forma de un modelo. Huella digital de cómo somos, la bodega intenta que todo lo que suceda adentro pueda replicarse en otros ámbitos, como un contagio. El vino es inclusivo, permite que la gente progrese, el desarrollo local, la capacitación y la especialización. 

“La gente de la industria vitivinícola recibe múltiples educaciones: teórica, de oficio, formativa y en proceso. Si eso sucediera con la ciudadanía tendríamos un país que avance mas rápido”. 

Todos los que hacen vino sienten casi la obligación de ser apasionados, pero en los resultados, dice Susana Balbo, no siempre es la pasión lo que se refleja. La distancia que hay entre lo que se dice y lo que se hace es un punto fundamental para sostener el crecimiento y la honestidad a través del tiempo. Cualquiera puede hablar, pero no cualquiera puede hacer. 

“El vino es una bandera, porque lleva marca, es la marca argentina en la mesa del consumidor, con nombre y apellido. Cada botella de vino es un embajador”.

En los momentos de crisis lo primero que suele negociarse es la calidad, pero para una bodega sin edificios grandilocuentes ni marquesinas, los vinos lo son todo. Ellos hablan del compromiso y la entrega de estos 20 años, desde la línea “Crios” hasta “Nosotros”, todos llevan uvas del Valle de Uco, todos se conciben con un concepto de excelencia, aún perdiendo rentabilidad.

“No creo que haya otra bodega que tenga todos sus vinos por encima de los 90 puntos. Eso nos distingue. Estamos permanentemente en búsqueda de nuevos lugares, Edgardo del Popolo es un estudioso de las micro regiones.  Pensamos que es una gran forma de respetar al consumidor, ofrecerle lo mejor que podemos ofrecerle, quizás con menos rentabilidad pero seguros de que es una forma de que nos elijan”.

Marcada por el momento en el que sus hijos se incorporaron a trabajar con ella, se emociona al pensar que ahora su proyecto tiene sucesión, una línea hacia adelante. 

Sueña con que los consumidores elijan el vino argentino por su identidad, por su estilo: 

“Todavía nuestros Malbec, a pesar de que tienen una calidad promedio muy alta, no terminan de representar claramente la identidad de cada terroir. Sueño con que al vino argentino se lo identifique más allá del Malbec, porque tiene mucho más para dar. Tenemos uno de los climas más generosos del mundo para la viticultura. Todavía es esporádico ese reconocimiento y en algunos mercados se lo considera hasta aburrido, porque pareciera que solo tenemos eso. Hay blancos, rosados, otros tintos, hay que mostrar que Argentina es mucho más que el Malbec”. 

Hoy lleva 38 años en este rubro, habla pausado y con calma, pero siempre con intensidad. Una Susana Balbo recién recibida con 25 años que empieza su camino y atraviesa consultorías, viajes, crisis, fracasos y éxitos, la política, la competencia, la innovación, sus hijos, un restaurante, un jardín, una bodega, una Osadía de Crear. Hasta llegar a hoy, a ser una de las enólogas más reconocidas mundialmente que tiene el país, tratando de entender y evitar el canibalismo económico, pensando fuera de la caja, una y otra vez. Hay un país real, uno que produce, ella nada en esas aguas, con su fortaleza de género, con el apoyo de toda su familia. Con la sensación de tener una misión, el sentimiento de estar en estas tierras para generar algo más que el propio éxito. Aún con las diferencias hay pequeñas cosas que nos unen, detalles por donde se sienta el tiempo y la historia, recovecos pequeños que nos hacen a todos convivir, darnos una mano, ayudarnos cuando las cosas arden, ponernos de acuerdo, con un vino, con una copa, con un brindis en silencio. 

“La AAS tiene mucho que ver con lo que está pasando en el mundo del vino, ha acompañado la evolución de la industria vitivinícola, yo he sido testigo de eso” dice al finalizar. 

Ser influenciado está subvalorado ¿Qué sería de los seres humanos si no pudiéramos cambiar nuestra forma de pensar? contagiarnos de otros, inspirarnos en acciones, modificarnos a nosotros mismos. La sommellerie ha crecido a la par del vino, se ha contagiado de sus logros y ha compartido sus alegrías, ha hecho de sus esfuerzos sus motivaciones. Ojalá no seamos como los cangrejos, que en un mismo balde nos tiremos unos a otros hacia abajo. Ojalá sigamos como hasta ahora, viendo en la profundidad del vino, la propia profundidad.

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